a martina
cero.
Cuando era chico hice mi propia historieta. La editaba con rapidez para correr a dársela a mamá. Fueron varios capítulos. La historia no la recuerdo, tal vez había lucha, tal vez automóviles raros, híbridos. Pero nunca amor, nunca. En todo caso esos papeles coloreados desaparecieron. Hubieran sido la evidencia palpable para sostener un lindo mito fundacional.
uno.
Me encontró Tomás un día en un pasillo de la facultad, hace ya mucho tiempo, y me pidió que escribiera sobre las historietas. Le dije que sí, que podía, que veía qué podía salir. Intuí desde ese momento que era imposible para mí escribir sobre las historietas, por eso dejé pasar el tiempo. Hice anotaciones marginales, volví a leer. En todos los recorridos me enfrentaba con ella. Fue entonces cuando me di cuenta: escribir sobre las historietas o, mejor dicho, escribir sobre mi relación con las historietas será escribir sobre ella, sobre ella y los recuerdos. Problema.
dos.
Hermes tenía, en su estudio, varios estantes de su biblioteca ocupados por revistas y libros de historietas. En la pared, cuadros de grandes dibujantes junto a algunas fotografías. Cuando ella estaba ocupada, yo bajaba hacia el estudio y, sentado en el suelo como un indio, leía ávidamente esas revistas. Me parecía inabarcable todo lo que allí había; me resultaba conmovedor cuando el propio Hermes me señalaba alguna en particular.
tres.
La lectura de historietas representa, para mí, un momento particular. Quiero decir, debo hallarme con cierta disposición para emprenderla, sentirme no muy tenso. Leer historietas es ir en búsqueda de lo perdido, del recuerdo, de ella, de la inocencia. Leer historietas puede ser, por eso, el atisbo de la belleza, de lo epifánico: un no-tiempo en una inmensidad imperceptible.
cuatro.
Si recuerdo la infancia pienso en Chaplin, en blanco y negro, caminado por la ciudad. Chaplin es un gran historietista, tal vez el mejor. Allí ya está todo lo que se puede desplegar en pequeñas viñetas: el límite vago entre la belleza y su expresión, la melancolía y la tristeza, la ternura y el frío por la piel. Alguien podría contraponer esta variación con El principito. Lo dudo. En Chaplin está todo: la sonrisa (manifestación extrema de la tensión).
cinco.
Toda historieta dice algo. Me gustan aquellas que se preocupan por lo pequeño. Toda historieta es la expresión de la utopía, porque al presentar un mundo entero con otro ritmo, otra modulación, otro tono deja entrever la posibilidad de algo maravilloso: una alegría melancólica que es pura, humana, gozosa de la vida y sus nimiedades, y no el resultado del consumo enfermo. Tal vez sea la utopía de los sensibles, de los que van en otra dirección, de los que coleccionan botones con la mirada, de los que saltan las baldosas, de los que cantan en la calle. De los que se creen magos:
Sigo el río que imagino,
de esta gente y de esta calle me hago un río,
un río ancho, un río divino,
soy un mago que hace ríos,
que hace hadas desconsoladas que lloran hilos de lana
de estas muertas con vestido,
que hace peces voladores nadando en té de colores
de estos hombres que se empujan, que corren cuando camino,
cuando nado en este río,
en el río que imagino.
seis.
Sería maravilloso ser un personaje de una historieta. De una de Liniers, de una de Kioskerman, de una de Max Cachimba.
siete.
La historieta es un arte muy sutil. No consiste en el chiste, ni en el remate; puede concluir en disolución y con un sabor confuso. La historieta pone su foquito en lo que pasa cuando no se está mirando (el día, el pasado). La historieta nos enseña a volver a mirar, a escuchar las líneas del silencio. Es una bonita llamada de atención, y sumergirse en esos mundos es hermoso. Lástima que sean breves, y cómo pega el viento sur a la hora de la melancolía.


