martes 17 de noviembre de 2009

historias mínimas

a martina

cero.
Cuando era chico hice mi propia historieta. La editaba con rapidez para correr a dársela a mamá. Fueron varios capítulos. La historia no la recuerdo, tal vez había lucha, tal vez automóviles raros, híbridos. Pero nunca amor, nunca. En todo caso esos papeles coloreados desaparecieron. Hubieran sido la evidencia palpable para sostener un lindo mito fundacional.

uno.
Me encontró Tomás un día en un pasillo de la facultad, hace ya mucho tiempo, y me pidió que escribiera sobre las historietas. Le dije que sí, que podía, que veía qué podía salir. Intuí desde ese momento que era imposible para mí escribir sobre las historietas, por eso dejé pasar el tiempo. Hice anotaciones marginales, volví a leer. En todos los recorridos me enfrentaba con ella. Fue entonces cuando me di cuenta: escribir sobre las historietas o, mejor dicho, escribir sobre mi relación con las historietas será escribir sobre ella, sobre ella y los recuerdos. Problema.

dos.
Hermes tenía, en su estudio, varios estantes de su biblioteca ocupados por revistas y libros de historietas. En la pared, cuadros de grandes dibujantes junto a algunas fotografías. Cuando ella estaba ocupada, yo bajaba hacia el estudio y, sentado en el suelo como un indio, leía ávidamente esas revistas. Me parecía inabarcable todo lo que allí había; me resultaba conmovedor cuando el propio Hermes me señalaba alguna en particular.

tres.
La lectura de historietas representa, para mí, un momento particular. Quiero decir, debo hallarme con cierta disposición para emprenderla, sentirme no muy tenso. Leer historietas es ir en búsqueda de lo perdido, del recuerdo, de ella, de la inocencia. Leer historietas puede ser, por eso, el atisbo de la belleza, de lo epifánico: un no-tiempo en una inmensidad imperceptible.

cuatro.
Si recuerdo la infancia pienso en Chaplin, en blanco y negro, caminado por la ciudad. Chaplin es un gran historietista, tal vez el mejor. Allí ya está todo lo que se puede desplegar en pequeñas viñetas: el límite vago entre la belleza y su expresión, la melancolía y la tristeza, la ternura y el frío por la piel. Alguien podría contraponer esta variación con El principito. Lo dudo. En Chaplin está todo: la sonrisa (manifestación extrema de la tensión).

cinco.
Toda historieta dice algo. Me gustan aquellas que se preocupan por lo pequeño. Toda historieta es la expresión de la utopía, porque al presentar un mundo entero con otro ritmo, otra modulación, otro tono deja entrever la posibilidad de algo maravilloso: una alegría melancólica que es pura, humana, gozosa de la vida y sus nimiedades, y no el resultado del consumo enfermo. Tal vez sea la utopía de los sensibles, de los que van en otra dirección, de los que coleccionan botones con la mirada, de los que saltan las baldosas, de los que cantan en la calle. De los que se creen magos:
Sigo el río que imagino,
de esta gente y de esta calle me hago un río,
un río ancho, un río divino,
soy un mago que hace ríos,
que hace hadas desconsoladas que lloran hilos de lana
de estas muertas con vestido,
que hace peces voladores nadando en té de colores
de estos hombres que se empujan, que corren cuando camino,
cuando nado en este río,
en el río que imagino.


seis.
Sería maravilloso ser un personaje de una historieta. De una de Liniers, de una de Kioskerman, de una de Max Cachimba.

siete.
La historieta es un arte muy sutil. No consiste en el chiste, ni en el remate; puede concluir en disolución y con un sabor confuso. La historieta pone su foquito en lo que pasa cuando no se está mirando (el día, el pasado). La historieta nos enseña a volver a mirar, a escuchar las líneas del silencio. Es una bonita llamada de atención, y sumergirse en esos mundos es hermoso. Lástima que sean breves, y cómo pega el viento sur a la hora de la melancolía.

jueves 12 de noviembre de 2009

primeros días

una llave en la puerta
una invitación a pasar y unas
pocas palabras,
nada más
no te voy a llamar. no.
o sí.


mis ojos
el leve asomo de la pereza


un poco más cerca y ya, ya estamos
no, realmente, no me importa.


sentate al lado mío
(soy un poco tímido, sí).



me gustan tus visitas,
te lo dije?

martes 10 de noviembre de 2009

ko-han

Obscenidades en el baño. Breves notas sobre Ciencias morales de Martín Kohan.


cinco.
¿Qué dicen las postales del hermano? Como mucho: “No logro compenetrarme”. Reiteran su mensaje, dicen poco, progresivamente nada. Dicen su nombre: la distancia, la ausencia, pero también (y por ello mismo) son la manifestación de la atmósfera, del conflicto.

seis.
Hablar implica, al mismo tiempo y paradójicamente, la delación o el encubrimiento y la complicidad. No hay término medio y hasta el silencio se cubre de sospechas:

(…) Por una parte teme, y no sin motivo, que si se queda callada los alumnos puedan pensar que ese silencio es complicidad, porque ellos saben que ella sabe. (…) Pero por otra parte advierte que lo que el señor Prefecto está buscando no es solamente determinar quién fue el que se rió, sino algo más, algo más profundo y también más trascendente: que el que fue lo confiese, o que un compañero del que fue lo denuncie. (40)
Definir el bando, precisar la forma, el cuerpo de la subversión, del delito. La lógica de la tortura.

nueve.
Volvemos. María Teresa como un nuevo Bartleby, aunque dentro de otra escena y con otras implicancias. Aquí la no acción es, también, intervención.

Es la primera vez que quisiera faltar al colegio. Por supuesto que no considera seriamente esa posibilidad, va a ir al colegio y lo sabe, pero es la primera vez que preferiría no tener que hacerlo, que le gustaría alejarse un poco de ese mundo. (74)

diez.
La pertenencia tantas veces exaltada del Colegio Nacional a la historia se hace manifiesta en lo real mediante las marcas, las ruinas:

Alguien escribió en esa puerta alguna vez (…) con un método más drástico, con la ambición de lo indeleble, algo cercano al grabado o a la talladura (…) De nada sirvió: el remedio administrado por las autoridades del colegio consistió en pintar otra vez las puertas, emparejando así de nuevo la superficie de la madera herida, y suprimiendo para siempre la existencia de la leyenda que alguien alguna vez inscribió. Lo que se dice una solución expeditiva: una mano o dos de la misma pintura verde y lo escrito desaparece para siempre. (85)

Marcas que el tacto (y la ignorancia o inocencia) de María Teresa no consigue comprender, aunque para ella alcance con leer “muerte” para retroceder. Evidencias de que allí hubo algo (“patria o muerte” “Perón o muerte”), de que la historia no es uniforme, y que por lo tanto su escritura tampoco. Escena similar al comienzo de Facundo: escritura apresurada en territorio enemigo, ajeno. Lo obsceno de todo relato (lo que quedó fuera de escena, de la toma de la escena) es tal vez lo más significativo porque, si el punto de vista crea al objeto, lo que éste desestima brinda otra versión acerca de ese mismo objeto y, además, del punto de vista que restringe, reprime.

once.
La narración de cada capítulo parece seguir un esquema general: María Teresa en el Colegio, desempeñando su rol de preceptora (tanto en las aulas, en el claustro como, posteriormente, dentro del baño de varones), los intercambios con los alumnos (Baragli, de modo obsesivo) o con el señor Biasutto, su llegada a casa y el breve intercambio con la madre, la “aparición” de Francisco (una postal, una llamada). Sería empobrecedor reducir el texto a tal estructura, pero resulta operativo al momento de distinguir dos hechos: la dualidad de María Teresa – Marita (ambivalencia de toda inocencia) y el carácter fragmentario de la narración. Es esta construcción por secuencias (en tal sentido, similar a una composición minimalista) la que impide dotar de un aspecto totalizador y lineal-cronológico al texto, al estar construido éste por planos distintos, superpuestos o apenas separados que, en todo caso, reiteran u omiten ciertas zonas. Con esto, Ciencias morales es otra de las posibles respuestas a la pregunta angustiante “¿Cómo narrar el Horror?” Desde el silencio, desde el fragmento, desde los blancos: eufemismos, todos, de la muerte:

Pero eso es lo que pasa, sin que nadie note nada: las demás cosas de la vida persisten en su canal habitual. El mundo restante, el mundo de los otros, no se altera por lo que ha pasado: no se descompone, no se desintegra, sigue su curso. Ninguna clase de radiación, aunque invisible y de fuente ignorada, lo tuerce o lo altera. La asombra esa cierta garantía de la continuación de lo mismo. La sorprende que no haya al menos una leve turbación inexplicable sobre las realidades ajenas, por más que nadie sepa nada ni tenga manera de enterarse. (211.212)

*

viernes 6 de noviembre de 2009

niños




(03.46 p.m.)
el otro día me pasó algo triste
le saqué unas fotos a unos niños que hacen
malabares

estuve como una hora con ellos, cruzamos a la playa porque había
ballenas super contentos los niños
jugaban con la camarita

y cuando a la semana les llevé las fotos estaban chochos
y estábamos hablando y le pregunto a uno "qué te gustaría ser cuando seas grande?"
y me responde piloto de aviones y fabulaba y era genial
pero cuando le pregunto a la nena, (doce años, tenía)
me mira y me dice "FELIZ"

casi me muero



texto de lucía muraca
dibujo de j.c.

miércoles 4 de noviembre de 2009

sebastián hernaiz

.
Lectura

Para mañana despertar temprano, por eso de ir a trabajar,
la noche ya nos tiene hace largo rato acostados.
No dormimos, sin embargo, y le leo a mi chica
un poema. Sin importar de quién,
elijo un libro de una fila que se extiende al borde de la cama. Contra la pared,
libros apoyados en el piso que se hizo biblioteca al lado del colchón:
no sé qué poema leeré, qué poema le leeré, alguno corto,
alguno corto parece lo mejor. ¿Para qué se le lee un poema a una chica,
en la cama, siendo tarde y que mañana hay que ir a trabajar?
Después de escucharlo, me abraza y no dice nada. Su piel desnuda
me da calor, así, acurrucada, y sé que cierra los ojos, que quiere dormir.
Yo sigo leyendo los poemas del libro cualquiera. Pero pierden gracia ahora
y los ojos empiezan a pesar, el velador encandila
y las letras adquieren un volumen difuso. De pronto
creo tener el tono de un poema. Pero dejo el libro
abierto boca abajo, apago la luz, y me duermo abrazado.

.
Separación (I)

Y ahora qué hago con las cosas
como la forma en que guardabas las galletitas
para que no se me humedecieran, con la forma
en que cuidabas que hubiera siempre
agua en la heladera. De sed se agrieta el mundo:
el agua tibia de la canilla deshidrata, me seco
ahora, con las botellas tiradas en cualquier lado,
las galletitas humedeciéndose porque no sé,
no sé. Me evaporo.
Una chica tiene que ser muy linda
para saber guardar con gracia galletitas.

.
Separación (II)

Cuando la conocí dejó de fumar
y yo dejé de comerme las uñas. Ahora
pienso que yo fumé cada vez más. Ella no,
no se comía las uñas nunca, pero algún vicio tendría
por más perfecta que la recuerde. Ahora descubro,
después de años de comerme las uñas,
y después de dos años sin comérmelas,
después de dos años en que ella
me agarraba de las manos
y me las cortaba con cuidado, mirándome feliz,
ahora sé, descubro lo fácil que es cortarse solo
las de la mano izquierda, lo difícil
de cortar
solo las uñas de la derecha.
Hay cosas que uno se da cuenta cuando extraña.

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Sebastián Hernaiz se presentará junto a Juan Diego Incardona este virnes 6.11 en la Fac. de Humanidades, circa 19 hs.